lunes, 9 de julio de 2007

Memoria histriónica

Para pasar a la historia hay que cambiarla, Sonsoles. Ya sé que como estadista ando menos cerca del primer rey Carlos que del cuarto y que en mi partido ha habido quienes se han aproximado menos a Felipe II de lo que se acercaron a Segundo Marey, siquiera sea con la intención de secuestrarlo, pero cuando mis rivales, a fuerza de decir que voy por mal camino, me asocian casi a Sendero Luminoso lo menos que puedo hacer es demostrarles que, por el contrario, soy hombre de pocas luces.
Cierto que si se manipulan los acontecimientos se corre el riesgo de que el Gran Capitán no pase de cabo furriel para el gran público y de que Agustina de Aragón sea pregunta por la Dolores: una cualquiera. Pero la posibilidad de generar confusión es lo de menos. Necesito conseguir el olvido oficial para recuperar la memoria histórica.
Como la tarea es compleja, agradezco no estar solo en este empeño. La izquierda cinco estrellas me apoya. Están conmigo los cómicos de guardia, los intelectuales en plantilla y los poetas de pie quebrado, esos que no saben andar sin subvención. También me sirven de muleta los cantautores. Están conmigo todos los que, aunque entonan La Muralla de Guillén, añoran el muro de Berlín. Dun, dun, ¿quién es?: la Ana y el Víctor Manuel, cierra la muralla.
El problema es que modificar el pasado a conveniencia constituye una amenaza para el matrimonio de intereses que acordaron los españoles en la transición. Aquí la memoria histórica siempre desemboca en Te recuerdo Amanda, que es el pretexto idóneo para enfrentar a los del corrido de Juan Sin Tierra con los del tango del latifundio. Lo cual, la guerra civil.
Dicen los que la ganaron que la guerra la perdimos todos. Ya. Esa guerra la perdió el pueblo y el pueblo requiere ahora trato de gran ciudad. Esa guerra la perdieron los que no se quedaron quietos cuando llegó el Movimiento. Esa guerra la perdieron los adictos al año del hambre, quienes desde entonces les tienen ganas a los del primer año triunfal. De ahí que esté yo hoy aquí dispuesto a alimentar el rencor.
Tenemos que volver a Belchite, al puente de los franceses, al bombardeo de Guernica, al no pasarán. A ver que pasa. De todo, pasará de todo. Pasará que mientras unos reinventarán las bondades de la república otros la llamarán bananera. Pasará que mientras unos denunciarán que hubo días de autos en zona azul otros les reprocharán que no se les haga un nudo en la garganta cuando aluden a Paracuellos.
Lo malo de mirar hacia atrás con ira es que se empieza por retirar la estatua de Franco con nocturnidad y se termina por romper en el Prado a pleno día los cuadros del monarca en cuyos dominios no se ponía el sol. Lo malo de pretender que pasen por el aro de la memoria sesgada los acólitos de Onésimo Redondo es que se mosquearán en general los adictos a Moscardó. Pero me da igual: tengo que recobrar la batalla del Ebro aunque la sangre llegue de nuevo al río.

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