martes, 31 de julio de 2007

La tropa ministerial

Sonsoles, te digo que la banda de Pancho Villa tiene el empaque del ejército rojo al lado de la tropa ministerial de la que me rodeado para mi primera legislatura. Desde la titular de Cultura, ratita presumida que confunde una lengua muerta con un maldito roedor, hasta la de Fomento, la niña de la estación que pide que cuelgue Esperanza Aguirre de la catenaria, no hay quien merezca en el gabinete haber cogido este tren.
Menos mal que he largado del patio a Carmen Calvo. Y no por confundir el dixit latín con el Pixie animado -peor hubiera sido que, con las prisas que lleva siempre, lo confundiera con Speedy González- sino por alborotarme con una ley al cártel de la cartelera, que hasta ahora me ha tratado de cine. Ya hay que ser torpe para, desde un Gobierno socialista, mosquear menos a los seguidores de José Antonio que a los colegas de Juan Diego.
También he tenido que echar de esta casa a la ministra de Vivienda por empezar a hacerla por el tejado. Ahí es nada anunciar que habría sala de estar para todos sin tener en cuenta que en el mercado libre el gobierno está preso de las circunstancias. Su fracaso ha sido de tal magnitud que veremos si su sustituta es capaz, tras las campanas que ha lanzado Trujillo, de que el ministerio remonte el vuelo.
Cierto es que no hay color entre ambas. Mientras la extremeña tiene menos perfil político que dedos de frente, la catalana es una experta en marear la perdiz. Lo primero que ha hecho desde su nuevo cargo ha sido atacar al PP por gastar todas sus municiones en ETA en lugar de aplaudir mis políticas sociales. La reacción ha sido lógica: A Carme Chacón le echan en cara que mezcle terrorismo y vivienda. Pero no anda descaminada. Ahí está para probarlo el piso de Leganés o la solución habitacional que encontró la promotora vasca de secuestros para Ortega Lara.
El resto de flancos ministeriales también hacen aguas, que son internacionales en el caso de Moratinos y más domésticas en lo que se refiere a la chica de la cruz roja. Menos mal que he retirado a Elena Salgado del Ministerio de Sanidad antes de que me hicieran sangre los sectores que ha agraviado. El del vino, el primero. Esta dama republicana debería saber que vive en un país de monárquicos de cantina, donde sólo se reverencia a Felipe II y Carlos I si son de Agustín Blázquez. Por lo mismo, son numerosos aquí quienes, aunque aborrezcan el fútbol, adoran la copa del rey.
Salgado no ha tenido en cuenta que España es el único lugar del mundo en el que es posible que a un abstemio le declaren a la vez persona non grata en Jumilla e hijo adoptivo en Matalascañas, enclave idóneo para el veraneo de una cero cero como es esta buena señora, que al ser madura debe considerar que el único grado con cierto valor es el de la experiencia.
De ahí que la haya sustituido por Bernat Soria, un encanto de hombre, además de rendido admirador mío, como aclara su propuesta para que me nombren premio Nobel de Solidaridad. Es tan redondo el elogio que si en vez de varón y valenciano fuera mujer y de Ondárroa le cuadraría llamarse pelota vasca.
Loas aparte, lo importante es que el nuevo ministro haga en condiciones su trabajo a fin de que sitúe a España a la cabeza de una investigación que siempre se ha hecho aquí con los pies. Nos jugamos mucho: si clona bien a la célula madre igual sale de ella la tía Tula, pero, puesto que estamos en España, no hay que descartar que un error en el proceso selectivo desemboque en el tío del saco.

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