Sonsoles, desde que el día de las fuerzas armadas me quedé sentado ante el paso de la bandera de Estados Unidos en protesta por la guerra de Irak no doy pie con bola en política exterior. Cierto que, por mi apego a la morisma, soy más de pan y media luna que de barras y estrellas, pero eso no es motivo para que no venga el yanqui a la corte del rey Juan Carlos. La cosa no es para tanto. En fin, él vera. Si persiste en hacerme el feo, peor para Bush. Y mejor para la coherencia. A un adalid de la paz, como yo, no le queda más remedio que ser rival del amigo americano.
Lo malo es que ahora la nación del concepto discutido cuenta bien poco en la diplomacia internacional. Y su presidente no digamos. Sarkozy prefiere a la fracasada Merkel, que a su vez me echa en cara mi cruce de cables con Endesa. Mauritania nos llama negreros y no tengo esperanza de que nos trate mejor Cabo Verde. Hasta Marruecos, con su calculado envío de pateras, nos da lanzada a moro muerto. España ha pasado del trío de las Azores al triángulo del las Bermudas. Del protagonismo a la desaparición.
Algo habrá contribuido también mi escaso apego a viajar por el extranjero. Cierto que salgo menos que la mujer de Colombo, pero eso no me convierte en autor de ningún misterioso asesinato en Manhattan, así que ya podría tener el presidente del imperio un poco de manga ancha con mi humilde persona en lugar de ser el pobre tan estrecho de miras.
Otra cosa es que lo que Bush me eche en cara no sea ya la ofensa a la bandera, sino mi amistad con su enemigo del Caribe. El presidente desea que al mito de bahía Cochinos le llegue su San Martín, pero yo, aunque con su pueblo se porte como un cerdo, deseo larga vida al comandante de la revolución o muerte.
A Castro no hay que tenerle en cuenta que meta en vereda sumarísima a los intelectuales que van por mal camino ni que haya encarcelado a tanto poeta que, en cuestión de bardos, en Cuba no queda libre ya más que la rima. Tampoco importa que a la plebe cubana, a fuerza de llorar de hambre, les llegue antes su vinculación a los pucheros por el ojo que por el estomago. Ni que los jornaleros de la isla no caten más que los callos. Y eso cuando se lamen las manos.
Al comandante lo que hay que aprobarle con nota es que desde Sierra Maestra enseñó estrategia populista a un buen número de alumnos aventajados. Ahí está Evo, que ha convertido el altiplano en curva peligrosa para la libre circulación de empresas. Ahí está Hugo Chávez, que aspira a ser Simón Bolivar y no pasa, a puro homo erectus, de Pedro Picapiedra. Ahí está también el presidente del Ecuador, dispuesto a traspasar la línea roja que separa el todo para el pueblo de el estado soy yo.
Y lástima que en Méjico las urnas hayan dado de lo lindo a López Obrador, que si no la mecha revolucionaria se habría extendido por contagio hasta el país de las llamas y esta sería la hora en la que desde el valle del Silicio al río de la Plata estarían a picotazo limpio el águila imperial y el cóndor pasa.
Esas son, una arriba, una abajo, mis amistades perniciosas. Con ellas y con el apoyo de Turquía, la comprensión de Irán y el respaldo de Prodi me siento legitimado para andar por el mundo sin complejos. De modo que, reforzado de tal modo, puedo mandar a Norteamérica a El Alamo, que es su quinto pino.
Cuento con la ventaja de que, al no tomar postre. no quiero nada de la Gran Manzana y de que, aunque soy rojo, no necesito en modo alguno el apoyo de Colorado. Al contrario. Cuanto menos precise su ayuda, mejor para España. Y es que un país que siempre piensa en clave de ataque no es bueno para mantener en calma los nervios.
Yo mismo, que soy el hombre tranquilo, entro de marejada a fuerte marejada cuando me nombran al amo del Pacífico, así que más vale que los marines tengan cuidado conmigo, no sea que les mande a hacer imaginaria en ropa de faena a Nueva Jersey. De hecho, puesto que lo de Rota es un descosido nacional, voy a proponer que las únicas bases que permanezcan en España sean las del PSOE.
miércoles, 18 de julio de 2007
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