martes, 24 de julio de 2007

Nación catalana

Sonsoles, ahí va un chiste malo con epicentro en el barrio de Gracia: ¿sabes aquél que diu que en qué se parecen Yago Lamela y Pascual Maragall?: en su tendencia a dar sobresaltos. Me tiene contento el ex president. Ya podía, dada la tendencia natural de los catalanes a suprimir gastos, haberse ahorrado las palabras que ha dirigido contra mí a cuenta del ajuste que tuve con él a través de CIU. Cierto que le hice de menos al negociar con Más, pero todo ha sido por una buena causa: el estatut.
Tengo claro que el engendro catalán ha sido el parto de los montes y que corre el riesgo de que lo aborte el Tribunal Constitucional, pero con él he logrado el efecto secundario que pretendía: hacer méritos ante los vascongados para que sepan hasta dónde estoy dispuesto a llegar en materia de federalismo asimétrico. Si concedo a Port Bou rango de nación es lógico que también proponga frontera propia para Irún.
Segundas intenciones al margen, el caso es que he sido generoso con los herederos de Tarradellas. Para romper el hielo con la Generalitat he permitido incluso que el equipo catalán de hockey compita en representación de su Estado y que en Siberia se enfrenten los combinados de fútbol sala de España y Cataluña, con Pi y Margall en el doble pivote, detalles que muestran cuán deportivamente me juego la unidad del país a la ruleta rusa.
Y además, aparte de propiciar que los catalanes escuchen el himno propio antes del achique de espacios, les he concedido por extensión hasta agencia tributaria propia, cesión de gran valor para un pueblo tan apegado al euro que, según cuentan, cuando uno entra allí en coma, quienes le cuidan, para no invertir en fármacos, dicen que lo que tiene es el sueño profundo.
Ahora que España y Cataluña se miran de frente, como iguales, los catalanes deberían de componer una sardana, que es corro de la patata con barretina, en mi honor. Más que nada porque si ambos territorios se tratan ahora de tú a tú es porque lo digo yo. Y también porque lo suscribe Montilla, al que, aunque le tengo estima, reprocho que pactara de manera poco recta para gobernar en la Diagonal.
A mí no me place en exceso el acuerdo con Esquerra, pero como no estoy en condiciones de meterme en camisas de once varas descarto rasgarme las vestiduras por el acuerdo de Montilla con Carod-Rovira, el pieza que en Perpiñán, entre solomillo y solomillo, pactó con Tenera que ETA, cuando mandara cartas bomba, no pusiera el matasellos de Cataluña. Más que nada para no reeditar el atentado de Hipercor, aquel en el que, entre cadáveres y rebajas, se mezclaron de mala manera la semana trágica y la fantástica.
No está bien pedir a ETA que propine chuletón al de Ávila y que dé en cambio crema catalana al de Gerona. No seré yo el que brinde con cava por eso, pero tampoco hay que tirarse las autonomías a la cabeza. En la circunscripción de El Prats se acometen atropellos peores, como sancionar al comerciante que rotula en español, que es lengua viperina, o, ya metidos en idiomas, impedir a los alumnos que reciban más horas lectivas de castellano, que, aunque le pese a alguna local eminencia gris, es la lengua en la que también escribió Pla, el del cuaderno.
Lo que saco en limpio de todo esto es que hay que manipular en condiciones para que el pueblo no conozca lo sucio que está el patio de la casa común de la izquierda. En eso estamos. Como el fin justifica los medios, siempre que sean de comunicación, la Generalitat ha sugerido a los periodistas autóctonos que para seguir a bien con el poder en lugar de ser notarios de la realidad se conviertan en registradores de la imaginación.
Así que para conseguir que el catalán de a pie considere que vive es un oasis ha sido preciso que los que antes estaban emparentados con Hermano Lobo, ya perros viejos, muestren ahora su adhesión inquebrantable al zorro del desierto en que me he convertido. Y aunque unos pocos reporteros están que muerden porque tienen sed de justicia, resulta evidente que la mayoría avala el espejismo. De tal modo es así que para la prensa, a fuerza de no querer ver, no ha habido en el Carmelo más desprendimiento que el de retina.

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