sábado, 20 de octubre de 2007

Ese hombre

Sonsoles, Franco, ese hombre, no es santo de mi devoción, pero nos viene que ni caído del cielo para echar en cara a la derecha su vinculación al glorioso alzamiento. No importa que, quitado don Manuel, el ogro de Villalba, ningún dirigente popular tenga edad como para saber del Dragón Rapide, lo que importa es que al ser cachorros del león de Fuengirola nos podemos permitir combatirlos al estilo del tigre de Cestona: con ganchos de izquierda.
Y con golpes bajos. No otra cosa son las estrategias combinadas que urdimos desde Santurce a Olot con escala en Moncloa para atacar con el pasado al partido al que queremos ver de cuerpo presente. Para conseguirlo no nos andamos con chiquitas, vaya que nos digan pederastas, sino que recurrimos a la historia con la intención de hacer literatura, al objeto de, a fuerza de mezclar realidad y ficción, tergiversar los hechos para que la república, que fue un asesinato al sentido común, parezca un accidente bienintencionado.
De ahí que otorguemos rango de país de las maravillas a la España del 34, mientras calificamos como el de nunca jamás al que vino después, título bien merecido al cohabitar en él la represión, el año del hambre, la tortura, la censura, la cartilla de racionamiento, el cortijo andaluz, el pazo de Meiras, el Ferrol del Caudillo, la oligarquía, el generalísimo y el terrateniente. Cierto que en la transición hicieron borrón de todo eso los que querían cuenta nueva, pero, como yo hago la de la vieja, al sumar con los dedos los agravios pendientes me faltan manos. De ahí que esté aquí hoy dispuesto a denunciar que los nietos de los franquistas quieren jugar otra vez a la ruleta rusa con los niños de Moscú.
Ya sé que no hay color entre aquella nación y ésta. Donde hubo azul mahón y rojo sangre hay ahora tonos pastel, moderados, pero a mí me conviene convertirlos en fuertes para consumar mi dulce venganza miliciana. Por eso recupero los peores recuerdos. Con el riesgo que acarrea, dado que la memoria, al tocar siempre la fibra sensible, desemboca a veces en regularidad intestinal, lo que nos llevaría otra vez a cagarla. Si sigo así una cosa está clara: entre los que añoran Raza y los que recurrimos al vídeo del dóberman vamos a convertir el futuro en día de perros.

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