Sonsoles, te aseguro que los ataques al corazón de España (el rey y la bandera) no alcanzan la categoría de arritmia leve aunque algún aprovechado prepare a esta hora funeral de Estado para la patria. Lo dije y lo mantengo: la enfermedad del país se reduce a un mínimo resfriado antimonárquico, a una simple tos republicana, a nada que no pueda curarse con frenadol y agua del Carmen, combinación idónea para atajar el carraspeo reprobatorio y erradicar el histerismo que padece la parte de la sociedad que vislumbra un retorno a las andadas donde sólo hay libertad de expresión.
Un optimista radical como yo, al ver siempre la botella medio llena, nunca pide otra ronda, lo que confirma mi teoría de la España serena aunque la banda vasca esté borracha de independentismo. Que la kale borroka, esa basura, vuelque contenedores, destroce autobuses e incendie cajeros no es síntoma que deba preocuparnos en exceso si no somos empleados de la limpieza, conductores de primera o Patricia Botín. Además, ese dolor de cabeza lo hemos tenido siempre, por lo que darle demasiada importancia sería propocionar rango de embolia a lo que no es más que jaqueca.
En medicina interna mejor no llegar que pasarse, vaya a ser que por querer eliminar todos los síntomas que afectan al territorio acabemos con la patria en la UCI. De vez en cuando es bueno permitir que el cuerpo social se desfogue con la quema de borbones y rojigualdas. Siempre será mejor tener la hemorragia controlada que hacer sangre, que es lo que pretende el PP al hurgar de mala manera en la herida nacional cuando afirma que vivimos en una dolencia crónica cuya capital es Madrid.
Mariano demuestra tener poca vista al meterme sin miramientos el dedo en el ojo. Si tuviera en cuenta que soy el ciego en el país de los tuertos sabría que me oriento por el oído. Al español le gusta que le escuches para decirle que sí en vez de cuatro cosas. Y es lo hago, darle lo que me piden. De ahí que aunque esta gran nave vaya sin timonel tenga a la mitad del país en el bolsillo a fuerza de pagarle hasta los cruceros.
La otra mitad está crispada, lo admito. Pero insisto en que se trata de un pasmazo acorde con la estación. En un otoño preelectoral nadie escapa del enfriamiento, si bien la congestión no es general. La mucosidad variable está más acentuada en las zonas pirenaicas que en la meseta central, por lo que no hay peligro de bronconeumonía. Lo dicho, catarro común. Apuesto doce contra uno a que la patología nacional ni es gripe española ni fiebre de Malta.
lunes, 15 de octubre de 2007
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