martes, 11 de septiembre de 2007

Genocidio castellano

Sonsoles, un vocal del consejo general del poder judicial dice que España comete genocidio con Cataluña. No sé si este hombre acabó la carrera, pero la carrera debería de acabar con él. Que Alfons López escriba que una parte del país es víctima de holocausto merece expediente de expulsión por falsedad documental. Y también porque me sitúa como heredero del III Reich a mí, que no paso de la II República. Parece mentira que no sepa que, según revela mi tendencia al apaciguamiento, tengo menos de Hitler que de Chamberlain. De modo que, de asociarme con alguien, prefiero que lo haga con el pollito inglés en lugar de buscarme similitudes con el alemán que ofició de gallo en corral ajeno. En el de Polonia, mismamente.
El magistrado debería de aportar pruebas que demuestren que su patria chica está en gran peligro por el elevado acoso de la sexta potencia del continente. Si presenta testimonios irrefutables de que Madrid es una máquina de matar catalanes me sumaré a su crítica, pero mucho me temo que en este asunto se haya limitado a hacer de su toga un sayo. O de liársela a la cabeza, lo que revela escaso seso y evidencia su falta de cualidades para ejercer el cargo. Y es que un jurista que falsea la realidad es tan peligroso que a poco que le den cuerda se convierte en el juez de la horca.
Entiendo que, si hay holocausto, en algún lugar estará el diario de Ana, el de la Frank o el de la Birulés, en el que se describan las desventuras cotidianas de quienes sufren de continuo persecución española. Y en algún lado estarán los campos de concentración donde se encierra a los payeses. Pues no. Lo cual es lógico por una razón inversa a la que plantea el juez: en la tierra de Espriu el que no se salva es el castellano. Me refiero al idioma, si bien temo que el paso siguiente sea cortarle la lengua al que lo hable. O endurecer las sanciones al que lo escriba, lo que implicará que lo que gaste en multas no lo invertirá en pernil. Y como con las cosas de comer no se juega es de prever que dentro de poco ningún español se atreverá a abrir allí más boca que la del estómago.
En Cataluña, por lo que se ve, el que viola las normas en su comercio tiene más pena que el que viola damas en el valle de Hebrón. Sin embargo, Alfons, que o está mal de la olla o es el garbanzo negro de la familia judicial, insiste en asegurar que a su país de adopción -nació en Valencia- lo trata mal la madre patria. De ahí que presida una plataforma soberanista que propugna que España abandone la nación vecina. Como en cierto modo resulta coherente que un juez nos haga la puñeta no me enfadaré en exceso con el que en cuestión de autos se limita a los que se fabrican en Martorell. Pero tampoco quiero dejar las cosas así. Normalmente me río de los que me buscan las cosquillas, pero a éste sin papeles de la judicatura le exiliaba yo a Salamanca. O le condenaba a escuchar de por vida la SER, que para un progresista que se precie es la cadena perpetua.

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