martes, 4 de septiembre de 2007

El euribor

Sonsoles, la alegría con la que las familias obreras han firmado hipotecas con comisiones amenaza ahora con dejar sin un triste estudio a la clase trabajadora. El síndrome Juanito Oiazabal, de escalada continua, que padece el euribor es para ella tragedia griega porque le aproxima a Atenas por la vía de la ruina. La imprevisión de quienes al mercar vivienda nadaron sin guardar la ropa ha motivado que ahora estén con el agua al cuello y tengan por único atuendo los huevos de corbata.
Que los impagos están a la vuelta de la esquina es cosa que saben los que están tan al cabo de la calle que les falta poco para dormir en ella. Pronto descubrirá la gente de barrio, la de a pie, que aunque estemos adscritos a la alianza de civilizaciones la morosidad no es vocablo árabe sino concepto de un mercado occidental que ha perdido el crédito entre los que lo solicitaron. Y es que mientras el Banco Central Europeo insista en enfriar la inflación mediante el incremento del precio del dinero el calentamiento global de la economía particular acabará, si no con el medio ambiente, sí al menos con la entreplanta.
Les va a costar salir del apuro a los que dieron entrada para adquirir una solución habitacional con vistas al interés variable, que, por la incertidumbre que genera, es mar de dudas. Seguro que los que están en primera línea de deuda miran a La Moncloa para que el problema de su cabaña se resuelva en palacio. Pero se equivocan si piensan que en las alturas del poder hay respuestas para acabar con el conflicto del ático. Yo no puedo obligar a la banca a que conceda un interés sin alcohol, cero cero, a todos los que en su día brindaron para celebrar la compra de la vivienda. Lo más que puedo hacer para que los hipotecados me deban una es amenazar a las administraciones con que si no abaratan el suelo lo pagarán caro.
Otra opción sería convertir al Gobierno en promotor inmobiliario, pero se me revuelve la memoria histórica al pensar que colaboraría así en la construcción de un piso franco. La derecha me forzaría entonces a realizar apartamentos José Antonio. Y eso sí que no. Así que a partir de este momento el quiera gres que sepa el terreno que pisa antes de lanzarse a la aventura. Los españoles deben de extremar la prudencia con tal de evitar que vendan hasta la camisa para meterse en tabiques de once varas.
Ahí si tenemos nosotros una función pedagógica que cumplir con los damnificados. Basta con leerles la cartilla: mi mamá me mima, mi banco me mama. Aparte de eso me ronda una idea de carácter disuasorio que lo mismo choca con la realidad que va sobre ruedas. Tengo que consultar con la Dirección General de Tráfico si el marco legal ampara exigir el carnet de conducir a quienes vean el piso piloto.

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