domingo, 9 de septiembre de 2007

Regina y yo

Sonsoles, si detrás de un gran hombre hay siempre un enorme complejo de Edipo (madre no hay más que una) con anillo de compromiso, detrás de una gran mujer lo que hay son dos cojones ocultos en lencería fina. Los que demuestra tener bien puestos Regina Otaola, la alcaldesa popular de Lizarza, el coto gudari en el que en esta señora entona el soldadito valiente al izar en el Ayuntamiento a nuestro máximo común divisor, la bandera, frente a una población antifranquista que curiosamente le recita a Millán Astray al darle vivas a la muerte.
Un simpatizante de ANV le acaba de comunicar a la regidora que tiene los días contados. Tal vez el batasuno es un médico de proximidad que ha descubierto de un vistazo que la regidora padece una patología terminal, pero lo más lógico es que lo suyo se trate menos de un diagnóstico que de un sueño con Elsa Pataky. De un deseo, vamos. Si es así, que lo es, me lo pone difícil el partido de ETA para que lo mantenga en la legalidad. Ya no se trata sólo de que estos hijos de puta no condenen los atentados sin funerales de la mamá grande. Ahora las amenazas a las constantes vitales de la regidora son tan frecuentes que el votante se va dar cuenta de que finjo estar en Babia cuando en realidad estoy en el ajo.
Que esta mujer menuda se juegue el pellejo dejándose la piel contra la piedra perjudica al hombre por cuyos huesos estás, Sonsoles. Regina lo tiene todo a favor para convertirse en símbolo. Por lo pronto es un diamante en territorio bruto. Otaola se sitúa a medio camino entre Ghandi y el general Custer: propugna la paz mientras combate a los txerokis. Además, que la quieran quemar la aproxima a Juana de Arco, y tiene de Agustina la nobleza baturra. Por si fuera poco, y esto me duele, es capaz de convertirse en carne de óbito por una bandera. Como Mariana Pineda.
Y ante su determinación opongo yo un patriotismo de fin de temporada. Ahora que me conviene mostrar el carné de hombre de Estado he ordenado que todas las campañas institucionales pongan en el remite Gobierno de España para que me lleven en la buena dirección constitucional de cara a las elecciones. Pero lo cierto es que de ahí no paso. Sin que haga mucho para evitarlo en Cataluña se prepara la secesión mientras a orillas del Sil se rescata el himno gallego con la única intención de oficiar la marcha fúnebre al de España. Entretanto, en el norte se enseña a los niños a odiar al nativo no nacionalista, como Regina, que es más vasca que la merluza. De todas maneras poco podrán hacer las ikastolas frente a esta mujer de la vieja escuela. Y poco podré hacer yo, aunque tire de pizarra, para que la táctica doblegue al valor. Contra una mujer dispuesta a que le abran fuego se queda en nada un vendedor de humo.

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