lunes, 17 de septiembre de 2007

No soy gafe

Sonsoles, te seré Franco: arriba España. Es broma. Sonsoles, te seré franco: no soy gafe. Mi presencia en la final del Eurobasquet no influyó en el resultado. Cierto que coincidió mi asistencia con el tapón que una Rusia bipolar puso a un selección ibera eufórica, pero te aseguro por la memoria histórica, que es lo que más quiero, que no tienen base quienes aseguran que fui pájaro de mal agüero con el ala-pivot.
Decir que tengo la negra no es más que un ataque personal de los que en política me desean tiempo muerto. Que se preparen. Puesto que descarto hacerles pasar por el aro, no sea que anoten, contrarrestaré su táctica con una defensa agresiva. Por lo pronto les mandaré a los escoltas para que no les dejen cruzar la línea de seis veinticinco. Y si la traspasan les pitaré técnica por acumulación de pasos mal dados contra un hombre de bien.
Ya sé que no faltan motivos para denominarme cenizo. Mi fama me precede, no te digo que no. Sirva como ejemplo la apuesta que hice por el varón rojo en las elecciones alemanas en las que le ganó de calle una liberal chica de barrio. A los votantes de Estados Unidos pedí el apoyo para kerry y el pobre se tuvo que acoger a la quinta enmienda para declararse inocente, en su acepción de iluso, por haber aceptado mi ayuda. Tampoco me van a nombrar socialista de año los camaradas de Segolene. Darle mi respaldo a la madame y caer la señora en picado fue todo uno. Esto explica el amargo recuerdo que de mí tiene la izquierda de la dulce Francia.
Pero lo que en el resto del mundo se llama casualidad geopolítica se apellida aquí ley de Murphy. Y eso que en mi territorio todavía no hay pruebas concluyentes que me sitúen en el lugar de los hechos cuando son catastróficos. Lo del baloncesto, aparte de una excepción, ha sido un error de estrategia de mis asesores. Me dijeron que la selección iba a barrer a los soviéticos sin bajarse del autobús y me desplacé con el coche escoba. Eso es todo.
Bueno, tampoco es para darse cabezazos, si bien gracias a uno pusimos tibios a los rusos en plena guerra fría durante una Eurocopa. Tengo que admitir que de haber estado yo en el palco, dada la suerte que le doy al concepto discutido, a lo peor en vez del himno de la derecha suena La Internacional, pero por fortuna para el deporte rey y por desgracia para los parias de la tierra no era entonces lo que soy ahora: caudillo de España.
Visto desde lejos, el problema es que como no tengo más patria que mi ideología en esa ocasión habría apoyado a los soviéticos en vez de a los nacionales. Lástima que perdieran los rusos. Y lástima que el tanto del triunfo lo metiera uno que después se hizo sindicalista: Marcelino o Camacho se llamaba, no sé. Lo suyo hubiera sido que los siberianos nos metieran un saco. En ese caso habría saltado yo mismo al campo para reducir las diferencias. Aunque está claro que no lo habría conseguido. Resulta obvio que quien deshonra a su país jamás podrá meter el gol del honor.

1 comentario:

Anónimo dijo...

No somos tan influyentes como para cambiar el resultado de un partido de baloncesto. Si eres gafe, sólo tú sufrirás las consecuencias. El mundo sigue su rumbo sin contar contigo.

Saludos