Sonsoles, que el inquilino de La Zarzuela parezca el rey que rabió resulta lógico ahora que una parte de la población quiere acabar con el jefe de Estado mediante el método Ku-Klus-Klan, consistente en aplicar capucha y tea allí donde los ánimos estén caldeados. Hasta el momento los que no están de acuerdo con su presencia se han conformado con prender fuego al monarca y su señora en formato digital, pero no es descabellado vaticinar que pronto intentarán montar la queimada en vivo por aquello de que a rey muerto, republicano puesto.
La quema de imágenes reales es ya moneda corriente en los dominios de la pela es la pela. Normal. El juez Pedraz ha abierto la veda al dejar en libertad al primero que incendió el retrato del primus inter pares, así que cada día un puñado de cafres sin fianza que pagar se echa a la calle armado de mecheros para carbonizar las instantáneas de sus majestades. Lo que no entiendo es su manía de poner boca abajo las fotografías a la hora de achicharrarlas. La única explicación que le encuentro es que intenten que a la pareja se les suba a la cabeza la sangre azul, con lo malo que es eso.
Puede parecerlo, pero estos no son cuatro gatos, Sonsoles, sino camadas enteras de aprendices de lobo conducidas por linces de mí época. A mí, qué quieres que te diga, me viene bien la creciente animadversión de los jóvenes hacia la corona. Por eso he contribuido a avivar el conflicto al hacerles ver que, aunque les guste la priva, tienen que dar de lado al homólogo de Pepe Botella. A la chita callando he conseguido que la generación del botellón, la que duerme la mona, cuestione hasta al rey de copas.
Agitar antes de usar, ese es el modo de empleo que se recoge en mi prospecto de Gobierno. La segunda indicación es no instruir al que no sabe. Date cuenta de que la muchachada que pega fuego al rey no había nacido cuando Juan Carlos se puso delante de los tanques para frenar el golpe en seco. Los mocosos quieren vela en el entierro del garante de la monarquía no sólo porque desconocen que sostuvo la democracia sino también porque que le creen Enrique VIII. De ahí que, para recetarle su propia medicina, pedirían si pudieran que el Borbón contrajera la misma enfermedad que el inglés propagó mediante verdugo a Ana Bolena: el derrame cerebral.
domingo, 23 de septiembre de 2007
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