Sonsoles, como tengo la cabeza bien amueblada sólo salen de ella ideas de diseño. Bonitas y baratas, pero poco funcionales. Lo que les sobra de estilo les falta de sustancia. Mi cerebro construye una especie de pensamiento que es mono pero no evoluciona. Nada más lógico cuando, como es el caso, el hipotálamo cerebral y el tálamo nupcial tienen a Ikea como origen. Por este motivo aporto a la vida política española conceptos de melamina. Y no es que no tenga tablas, es que son malas.
De ahí que alborote a medio país con mi catálogo de novedades políticas. Así, si hago una ley para que los homosexuales contraigan matrimonio se ponen fuera de sí los partidarios de la coqueta, siempre que sea mujer, por dar una salida a los del armario. Si promulgo una ley contra el alcohol me saltan encima los del mueble bar. Y si me inventara una norma para acabar con los malos olores ten por seguro que los del cuarto de baño también echarían pestes.
No exagero. Recuerda que cuando intenté recuperar la memoria del 14 de abril se me sublevaron los que no olvidan el 18 de julio. De todos modos no me quejo. Estas son las dificultades lógicas de quien opta al título de estadista del siglo. Ni tampoco me arredró. Terminar lo que inicio es para mí una cuestión de principios. Quedarme a medias sería un signo de tibieza. Y la debilidad no es mi fuerte. De hecho, mi lema para avanzar revela de qué pie cojeo: ni un paso atrás de más, ni una zancadilla de menos. Gracias a esa garra he pasado a dominar la manada parlamentaria desde un simple escaño por León.
Ahora sólo me queda convertir en vitalicio mi mandato para que con reintegro, que es un poco de suerte, lo hereden las niñas. Lo de sucederme a mí mismo porque no tengo parangón me resulta familiar. Ningún presidente del Gobierno español de la democracia se ha resistido a la vanidad. Felipe dirigió una época soberbia, así que tuvo motivos para ello hasta que su gabinete dio la de arena con la cal viva. Tampoco los de Aznar fueron malos tiempos, pero se equivocó al casar a su hija en el Escorial, lo que certificó el divorcio con un pueblo que más que las nupcias con medias de Valentino adora las bodas en las que se subasta la liga de la novia. Por eso, ego, el grande, para no cometer el mismo error de ombligo megalómano que mis antecesores, le he dicho a Moraleda que me sirva de moqueta cuando ponga los pies en el suelo. Y que me recuerde mi condición de mortal. Y es que, tal y como acabo con España, lo soy, pero de necesidad.
sábado, 8 de septiembre de 2007
Ideas de diseño
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