Sonsoles, estoy hasta aquí de la polémica de la bandera. Si para el PP es un sentimiento bicolor para mí no es más que un quebradero de cabeza monocorde. No tengo otro desde que mis propios alcaldes con plaza en la del Diamante procuran no izarla en sus ayuntamientos para no ofender a los independentistas catalanes. Y el caso es que les entiendo. Yo, a los regidores que mandan en territorio hostil, les doy una razón que es de Estado: como los secesionistas juegan sucio mejor no entrar al trapo.
En el caso que nos ocupa no sólo me guía la prudencia, sino también la impotencia en su acepción sexual. Y es que a mí la bandera española no me pone. No entiendo el morbo que le produce al presidente de Cantabria, el que la mata a besos, salvo que Revilla considere que un mástil de 25 centímetros de grosor tiene relación con el porno duro. En cuyo caso me callo.
Pero a lo que voy: si en el Ayuntamiento de Tarragona no se lleva esta temporada los colores rojo y gualda será porque no están de moda. El edificio no es una franquicia con registro de Custo Barcelona ni el pleno una suerte de pasarela Gaudí con ruegos y preguntas. Pero claro, como está gobernado por el PSOE, Mariano, so pretexto de la bandera, me ha puesto banderillas. Menos mal que ha estado al quite Rubalcaba, quien ha recordado a Rajoy que cuando gobernaba el de las Azores tampoco la exponían al ciclón.
Ventiladores aparte, resulta indiscutible que los símbolos nacionales pasan una mala época en la era de Montilla. No se escapa ninguno, si bien hay que matizar. Así, acabar con el toro de Osborne, tiene un pase, siquiera sea de pecho, pero suprimir la bandera invita al cuartelazo. Y no te digo ya quemar un retrato a tamaño natural del Rey ataviado con el frac castrense, el de las cuatro estrellas de cinco puntas, que más que un traje de faena parece el tributo real a la osa mayor tras cargarse el de la Zarzuela a Mitrofán, plantígrado ruso no tan aficionado al agua y a los azucarrillos como al aguardiente.
Lo curioso es que los que convirtieron en ceniza la foto ni siquiera tuvieron que huir de la quema porque no hubo reacción desde las filas del ardor guerrero. Los mossos del pueblo observaron impasibles el simulacro de regicidio. De manera que aunque la muchachada llevaba pasamontañas, igual de bien le habría ido a cara descubierta con la policía. Envalentonados, los chicos de la pira exigieron que el Borbón saliera de Gerona cuando don Juan Carlos era agasajado por las fuerzas vivas de la ciudad. La proximidad de Figueras, cuna de Dalí, explica la surrealista escena en la que los cachorros sacan los dientes mientras los dueños de la camada le pasan al monarca la mano por el lomo.
De lo que se deduce que en Cataluña, la bandera, aunque sea enseña, mejor no mostrarla. Y al rey, lo justo. No importa que la decisión ponga mal cuerpo al de infantería. Los militares están que muerden por la afrenta a su capitán general. Y también por mi actitud de meterla en paladar en vez de sacar los tanques a la calle. Menos mal que con la democracia consolidada no es de prever ruido de sables por el silencio cómplice del primer espada.
viernes, 14 de septiembre de 2007
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