Sonsoles, el recuerdo es vago, pero un día le leí a Umbral que en la infancia la vida rimaba con sus rodillas sucias. Son cosas que te llegan al alma cuando el alma se levanta a las cinco, se lava la cara y coge el camino de la mina. En el tren de Gamoneda, repleto de ojos tristes, de miradas de tarde de domingo, habría habido acomodo para Paco, pues la melancolía, su hábitat, tiene en ocasiones como origen la miseria. El hijo de la portera habría sido un buen pasajero en el tren de los pobres, habría sido uno de los nuestros, pero prefirió la esperanza al carbón y se marchó a Madrid por ver si sonreía.
Le tengo aprecio, ya ves, a este hombre que nunca me lo tuvo. Quienquiera que nazca en el estiércol es mi compañero de batalla aunque elija otro campo, otra bandera y otras armas. Y Umbral es doblemente amigo, por proletario y triste. Es amigo cualquier hombre que en la cima descubre que está solo. Es amigo cualquier hombre que descubre que Itaca tampoco está en el viaje.
Ahora ni siquiera la muerte le consuela. Cuando uno, tras alcanzarlo todo, no llega a tiempo a la alegría prefiere mirar el jardín a que le miren en carne y porcelana dentro del ataúd, prefiere escuchar las hojas cuando caen a que sus afligidos citen el número de veces que hubo de levantarse para caer de nuevo, prefiere mirar la luz siquiera de noviembre a entonar el elogio de lo oscuro. Y prefiere una nana a una elegía, un hola a cien adioses, un beso en la mejilla a un dolor de labios en la frente.
Con Umbral en el cielo, España se llena de ausencias literarias. Larra comparte mesa con los grandes, mientras aquí hay un pavor de imprentas por la fuga de párrafos redondos: los que dejó Campmany, los que olvidó Haro, los huérfanos de Paco. Los articulistas, novelistas de la urgencia, hacen gala a su oficio, intiman con la prisa y se largan tan rápido que nace en los diarios un silencio súbito, inesperado, de ascensor.
martes, 28 de agosto de 2007
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