Sonsoles, me tiene contento Magdalena. Entre la Calvo y la Álvarez me la pegó bien Chaves con la cuota andaluza. Llévatelas al Gobierno, que son de lo que no hay, me dijo. Y vaya si era cierto. Cosa más surrealista no se ha visto en un ministerio desde Fernando Morán. Mira tú que par: la primera dice que se traía palabras cada vez que visitaba América del Sur. Habría que verla en la aduana: ¿Algo que declarar? Sí, dos bilabiales. Y la segunda, en las antípodas de la verborrea ajena, manda callar a cualquiera que diga esta boca es mía, como ha demostrado en el Parlamento al ponerse en jarras cuando la oposición al completo le pidió que pagara los platos rotos en las infraestructuras catalanas. En concreto, le exigían la dimisión por un desastre ferroviario de tal magnitud que al eslogan papá ven en tren le han añadido allí la contestación del cabeza de familia: tu puta madre.
Desde luego, más me habría valido designar a un portero de discoteca para titular de Fomento que a una chica con ganas de bronca que no aguanta una crítica siquiera a mis socios de Gobierno. De hecho, con quien se las ha tenido tiesas ha sido con el portavoz de Esquerra que le recriminó que llegara a Barcelona en plan señorito andaluz. Para mí que el republicano se equivocó al asignarle comunidad autónoma. Cierto que la señora es del sur, pero su carácter parece forjado más que en Málaga en Malasaña. Aunque sé que es algo que le revienta Magdalena tiene menos de terrateniente que de chulapa que camina, menos de sevillanas que de chotis, menos de faralaes que de Pichi.
A la ministra no le habría venido mal mostrarse más humana con la jauría. Podría haberles dicho que a Cataluña viene a servir al rey, ay, ay. O que quisiera ser tan alta como la luna para ver los soldados de los paysos. Pero no, la niña a lo suyo, que es la gresca. Cierto que le buscaron las cosquillas, pero eso no le da derecho a reirse de los diputados que le pidieron que abandonara el gobierno por su incapacidad para diferenciar un guardagujas de un pajar. Tampoco denota inteligencia su pésima capacidad para las relaciones sociales porque sirve de pretexto a los que enlazan la desdicha de cercanías con la incapacidad de la ministra de tener gancho en las distancias cortas.
Y encima me pide que me pegue por ella. Tras asegurar que no dimitirá porque entre sus defectos no está el de darse a la fuga así estuviera bebida, pone su futuro en mis manos, a sabiendas de que será perfecto porque no voy a retocar más el Gobierno tras cargarme hace nada a la solución habitacional, a la mujer de cine y al hombre íntegro. Pues ganas me dan de decirle a la dama que esta es su última estación para evitar el descarrilamiento del Gobierno en pleno. No sea que tras darnos ganadores el CIS venga después el CSI a investigar quién ha matado las expectativas.
miércoles, 15 de agosto de 2007
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