Sonsoles, dicen mis rivales que tengo un discurso tronco, sin pies ni cabeza, pero lo cierto es que, aunque me ande por las ramas, se me entiende todo. Los que me conocen saben que si doy rodeos es porque pertenezco a la generación de Bonanza, siempre que sea económica, y que si huyo de la síntesis es porque entiendo que la frase más larga es el camino más seguro para no llegar a ninguna parte. En la conversación los circunloquios no comprometen ni la mitad que la línea recta. Este es el motivo de que, por ejemplo, llame accidentes de circulación, de la sangre, a los atentados con coche bomba.
Si no me gusta llamar al pan, pan es porque curiosamente una vez metidos en harina es cuando el horno no está para bollos, ya se discuta sobre la incompetencia ferroviaria de Magdalena o sobre la autodeterminación de La bella Easo. Por eso de mi boca no salen más que palabras botijo, redondas y huecas, idóneas para quedar bien ante el auditorio de pasmados de los que soy rey republicano. Lo demuestra, cielo mío, que ahora que estoy en el Principado haya dejado mi acreditado laicismo a un lado para decir que aquí se está la gloria.
Original en el elogio no soy. Eso está claro. Llamar paraíso a Asturias es, además de redundancia terrenal, frase hecha. No lo es tanto sin embargo que todo un presidente resalte las cualidades narcóticas de la zona al asegurar que en la aldea escogida para rematar las vacaciones duerme de un esguince, que es doble tirón. Es cierto, no obstante, que mi conocida querencia al descanso resta méritos al entorno como causa principal del me voy a dormir. Sabido es que para este adalid del bostezo con el que te acuestas la vida es sueño. De ahí que no sea muy despierto.
Lo que sí soy es agradecido con los pagos en los que paro gratis durante mis merecidas. A mi juicio son mejores lugares incluso que los sitios de Zaragoza. Y dan menos guerra, lo que explica mi amabilidad con los pueblerinos de a pie. Nada que ver mi sonrisa de ala ancha con el gesto hosco del Aznar presidencial, quien cuando cerraba el círculo estival en Quintanilla de Onésimo con una partidita con abuelos ponía cara tan de matar que el rival de la triple edad no se atrevía a cerrar nunca con la blanca doble.
jueves, 23 de agosto de 2007
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