Sonsoles, la nación vive una guerra civil en modalidad frecuencia modulada. Federico por un lado y Francino por otro mantienen un fuego cruzado tan virulento que a su lado el desembarco de Normadía no pasa de llegada de pateras, de viaje en canoa, de día de playa. Y es que, en comparación con Jiménez Losantos, Queipo de Llano, hombre de radio de acción, es Boby Deglané. Y Lister es Elena Francis, un sentimental, si se coteja con el sucesor de Gabilondo en el consultorio rojo.
Que el sustituto de Iñaki no es de Loyola lo demuestra el cerco al que somete a diario a la emisora de la Conferencia Episcopal, desde donde a su vez da la batalla el de Teruel. Los matinales de ambas cadenas se han convertido en trincheras que sólo establecen treguas para anunciar los siete días de oro de El Corte Inglés. El resto de la semana se dan el de mangas.
De tal modo se desmelenan aquí las ondas, de tal modo se tiran del pelo las empresas de comunicación, de tal modo se dicen lo que vale un peine los contertulios que no entiendo como estos programas no las patrocina Llongueras. Sólo Punto radio ejerce un ligero efecto suavizante, pero el problema es que tiene poca audiencia porque la mayoría de los oyentes está de su periodista de cabecera hasta el moño. En cuanto a Onda Cero, en lugar de cortarse, también saca la navaja barbera con intención de pincharme, lo que me incomoda tanto que voy a sugerir a sus jefazos un recambio de la propia escudería para la hora punta. Y es que salvo que contraten a Fernando Alonso, lo de conductor del programa le cuadra menos a Carlos Herrera que a González Ferrari.
Hasta tanto lo logre tengo que acostumbrarme a estar en desventaja en los dominios de Marconi. Aunque la Ser, a la que le debo el estar aquí, es la más escuchada a fuerza de tener más repetidores que cualquier curso de antes de la Logse, el resto de las emisoras en lugar de besar el terreno que piso me trata a patadas. En especial la Cope, la cual para advertirme que mi ciclo en el poder toca a su término convierte en editorial contra mi persona hasta las señales horarias.
A mí lo que más me preocupa de todo esto es que influye de tal modo en los taxistas, principales consumidores de hertzio y gasóil, que para ellos es todo uno bajar la bandera y entonar el himno nacional, convertido en canción protesta contra el poder establecido. Pues que no me toquen el claxón. Como se ponga chulo el gremio que va de libre me ocupo personalmente de prohibir por ley el uso de cadenas, siempre que sean radiofónicas, para evitar el retorno de las montañas nevadas.
lunes, 20 de agosto de 2007
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