viernes, 3 de agosto de 2007

Humo de pajas

Sonsoles, sabes que el cargo al que aspiro en el futuro es el de embajador emérito de Santo Domingo, donde ningún día es laborable. Sabes que si alguien intenta hacerme la cama, me encontrará dentro. Sabes que me encanta tanto el descanso que casi echo de menos tener, en vez de tanta vista, un ojo vago. De modo que me molesta no poco que cada vez que toca asueto estival arda España, bien por la vía forestal, bien por la política. Hace dos años tuve por un incendio que improvisar un viaje a la Alcarria para que un alcalde cocodrilo llorara en mi hombro mientras los familiares de once víctimas me entonaban al partir la melodía salvaje de se va el caimán.
Más leña echó aún al asunto el año pasado, cuando Galicia parecía el Perú por la abundancia de llamas, en tanto que durante el presente ejercicio tampoco han tenido suerte con la lumbre las islas afortunadas. Así que me ha tocado ir a Tenerife con dinero fresco para evitar que la sociedad guanche, que está que echa chispas, convierta su encendida defensa de la naturaleza en acaloramiento incontrolado.
Como no es cuestión de entablar lucha cuerpo a cuerpo por el fuego con la población canaria he anunciado que el Gobierno del partido de Pepiño firmará con los damnificados del incendio un cheque en blanco. De esta manera lo que amenazaba con ser siniestro social ha quedado reducido a conato político.
Aunque soy más de cañas que de lanzas, tengo de Velázquez el hecho de que me las pinto solo para salir de los atolladeros hecho un pincel. No en vano, vivir permanentemente bajo el volcán inmuniza contra el fuego del Teide, contra el pacto del Tinell y contra el final del proceso de paz. Soy capaz de convertir lo efectos de un incendio devastador en humo de pajas, de dar carta de naturaleza a la reserva del derecho de admisión del PP en según que cotos nacionales y de tener preparados a los españoles para el rompan fuego de ETA.
El truco consiste en adelantarme a los acontecimientos. Y también en dar a cada pueblo lo que espera. Así, si voy a Parla, hablo, y si a La Sorbona, me callo. En Móstoles critico al francés y al yanqui en Torrejón. Si voy al Puerto sigo el camino por el que se fue la Lola. Y en Calatayud, pregunto por la Dolores. Si aún así algún pardillo persiste en llamarme bobo solemne es que no sabe de pájaros.

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